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Cierta vez un famoso bailarín improvisó algunos movimientos instintivos, pero sumamente sofisticados gracias a su virtuosismo y, por eso mismo, bellísimos. Ese lenguaje corporal no era propiamente un ballet, pero sin duda había sido inspirado en la danza. Era algo espontáneo, que venía de adentro.
En algún momento de la historia ese arte tomó el nombre de integridad, integración, unión: ¡en sánscrito, yôga!
En la actualidad es rescatado y codificado con el nombre de SwáSthya. Con todo el brillo de su autenticidad milenaria, esta práctica fascinante, lindísima y extremadamente agradable de practicar brinda una carga de resultados capaz de dejar perplejo a cualquiera cautivando a las personas dinámicas, realizadoras y de raciocinio lógico.
Esa es la razón por la que hicimos de este nuestro método.

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